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La quinta fue la vencida
El 3 de junio de 2005 Manuel Jesús “El Cid” conquistó
por fin el triunfo que más se le había resistido y el que
en varias ocasiones había tenido en la mano: la puerta grande de
Las Ventas. Su toreo de pureza y profundidad volvió a sacudir los
cimientos de la plaza de Madrid y esta vez pudo ratificarlo con la espada.
Además, de nuevo los victorinos fueron sus aliados para conseguir
un triunfo tan latente como soñado.
Por Rodrigo Urrego Bautista.
Fotos www.las-ventas.com
Por fin, en el San Isidro 2005, El Cid pudo paladear
la triunfal experiencia de abandonar la plaza de Las Ventas a hombros
de los costaleros oficiales y ver de cerca la puerta de Alcalá
aupado por una afición que desde hace varios años tenía
en su bolsillo. Por fin, el torero sevillano, abrió la puerta grande
del toreo, la puerta grande de Madrid.
A diferencia de los años anteriores, El Cid llegó a su especial
cita madrileña con una aureola distinta. Atrás quedaban
las épocas del torero modesto que acudía a Madrid a jugársela
en carteles secundarios y con toros denominados “duros”. Tras
una temporada de consolidación (la del 2004) a comienzos de la
primavera del presente año, Manuel Jesús ratificó
todo lo que de él había cantado la afición y la crítica
con dos salidas por la puerta del príncipe.
La primera con dos
figuras del toreo como Ponce y El Juli y la segunda frente a los toros
de Victorino Martín, claves en su carrera. Por eso, llegó
a Madrid con un cartel que apuntaba su condición de figura, cartel
que consolidó con su salida a hombros.
El 18 de mayo, alternando con César Rincón y Eduardo Gallo,
cuajó una gran faena al toro “Barbudo” de Alcurrucén,
el mejor de aquella tarde. El Cid plasmó muletazos de mucha calidad,
especialmente al natural, que tuvieron el rotundo sello de las principales
virtudes de su toreo. Dos orejas aseguradas que de nuevo desperdició
por el desacertado uso de la espada, su principal talón de aquiles.
El público de Madrid, que profesa una gran admiración por
este torero, le obligó a dar dos vueltas al ruedo que en parte
recompensaban la mejor faena del de Salteras en Las Ventas.
Pareciera escribirse la misma historia. Por la mente del torero y de todos
los aficionados pasaban imágenes y recuerdos agridulces, páginas
culminadas con lágrimas de impotencia. Era la cuarta puerta grande
que se le escapaba a El Cid por culpa de su espada, menos certera pero
casi igual de célebre que la del otro Cid, el campeador.
En San Isidro de 2002, El Cid actuó en la primera corrida de la
feria y cuajó una sensacional faena al toro “Guitarrero”
de Hernández Pla. Fueron cuatro series, breves pero intensas que
no pudo refrendarlas con la espada. Guitarrero fue arrastrado en vuelta
al ruedo mientras el sevillano, desconsolado, lloraba en la boca del burladero
a la vez que saludaba tímidamente una gran ovación. Un año
después, esta vez en la última corrida de la isidrada 2003,
su toreo acarició la gloria cuando la afición de Madrid
supo que a los toros de Victorino se les puede hacer el toreo hondo. La
espada, por cuatro veces, encontró hueso.
Como si el destino quisiera ensañarse con El Cid, en la feria del
año pasado otra vez sus dos toros de Victorino humillaron, con
recorrido, y El Cid dibujó naturales de gran perfección,
cosa que no tuvo con su estoque, aunque esta vez cortó una oreja
que supo a muy poco, cuando la puerta más grande del toreo de nuevo
estuvo a punto de abrírsele. Por eso, las dos vueltas al ruedo
que dio el 18 de mayo parecían ser las últimas que “su
público” estaría dispuesto a soportarle.
Pero la tarde del 3 de junio, El Cid salió con la premisa de burlar
su pasado y por fin dar el asalto definitivo, ese que por méritos
propios había tenido que dar hace varias temporadas. Desde el quite
que hizo al toro de Luis Miguel Encabo, supo que el público estaba
dispuesto a sacarlo en hombros, aunque por dentro, quizás pensaba,
que si no era ese día no lo volvería a conseguir. Toda la
carne, la puso en el asador. Sin hacerse esperar, conquistó el
triunfo más anhelado por él y por la afición madrileña.
En el segundo de la tarde se llevó el toro al centro y allí
volvió a facturar muletazos de categoría a un toro que no
acabó de romper y que, incluso, le propinó un desarme. “Gamberro”
de Victorino se fue al desolladero sin las orejas puestas. La vuelta al
ruedo que dio El Cid fue la más emotiva de su vida. Seguro que
en ella recordaba los sacrificios que tuvo que pasar durante la década
pasada, las duras novilladas a las que tuvo que enfrentarse en el valle
del terror. Todo, hasta las decepciones pasadas quedaban recompensadas
con esas dos orejas que agarraba fuerte entre sus manos.
Sin embargo, los pasado recuerdos aún no habían sido sepultados.
El quinto toro de la tarde tuvo mejores condiciones, humilló y
repitió, circunstancias que El Cid no desaprovechó y de
nuevo agradeció al público de Madrid con una de esas faenas
que ya son costumbre cada vez que su toreo asoma en Las Ventas. Cites
muy de verdad, muletazos con pureza y de trazo largo de nuevo pusieron
la plaza boca abajo. La consagración definitiva. ¡Cuatro
orejas en Madrid! Lo nunca visto hacía tiempo. Pero por enésima
vez la espada se empecinó en destruir los sueños. Un triunfo
agridulce, pues pudieron ser cuatro orejas en lugar de dos. Dio igual.
El Cid salió a hombros. La quinta fue la vencida.
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