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La década de los setenta
marcó una de las más importantes épocas del toreo
colombiano. Consolidadas las ferias y temporadas en las principales
capitales del país, la fiesta brava tuvo el empuje y el aliciente
de la presencia de los principales empresarios taurinos españoles,
quienes elevaron aún más la categoría y trascendencia
de las corridas de toros programadas en el país.
Igualmente, el surgimiento de nuevos valores se vio favorecido por aquella circunstancia, ya que las difíciles puertas españoles se abrieron con mayor facilidad, circunstancia que hoy parece casi utópica. Los taurinos españoles tendieron la mano a jóvenes toreros y favorecieron su formación en la península ibérica. Formación basada en el rodaje por plazas de toros y entrenamiento en tentaderos. Por eso, la mayoría de toreros colombianos de aquellos años surgieron gracias a sus presentaciones en España. Enrique Calvo fue uno de esos nombres surgidos en tan apasionante década. Sus maneras de interpretar el toreo sorprendieron y llamaron poderosamente la atención de taurinos españoles como Manolo Lozano y Camará. Sin antecedentes taurinos familiares, se vinculó a la fiesta gracias a la vena artística que su madre le inculcó. El matador recuerda que pasó por conservatorios donde aprendió a tocar guitarra y piano, y su madre lo llevaba a muchos espectáculos de carácter cultural, y alguna vez lo llevó a la plaza de Cañaveralejo. La huella que marcaron Pedrés y Mondeño en la primera corrida a la que asistió fue imborrable, al punto que su destino tenía como único sendero señalado el toro bravo.
Su tauromaquia tuvo las huellas de la clase y estética, su toreo fue quizás uno de los más elegantes que colombiano alguno haya interpretado. Tenía las condiciones propias para ser figura del toreo por la línea ortodoxa y del más puro clasicismo. Sin embargo, no tuvo la ambición necesaria para lograrlo, situación que él mismo reconoce. Se conformó con ser un gran torero, y que se lo reconocieran. Gracias al ambiente cosechado en cada una de sus actuaciones, viajó a España en 1973 de la mano de Manolo Lozano. De novillero se presentó en Logroño donde cuajó a sus dos novillos, pero ambos regresaron vivos a los corrales. Ese año toreó 11 novilladas, que sumadas con las 52 que contabilizó en 1974 lo consolidaron como el novillero colombiano que más había actuado en España. Las puertas del escalafón superior se le abrieron y el 4 de septiembre de 1974 tomó la alternativa en la plaza de toros de Aranjuez. Palomo Linares le cedió la muerte del toro “Sorpreso” de Baltasar Iban, en presencia de Pedro Gutiérrez “Niño de la Capea”. En su segundo toro cortó una oreja.
De la misma manera, se consolidó como un perfecto
estoqueador. Tras la tarde de su debut como novillero en Logroño,
donde escuchó tres avisos en cada uno de sus toros, se esmeró
en aprender la técnica adecuada para interpretar las estocadas,
y gracias a su amigo y banderillero, Alberto Díaz “Madrileñito”,
aprendió a querer la suerte suprema y disfrutar interpretándola.
Desde entonces ha sido considerado el mejor estoqueador del país,
virtud que jamás opacó la calidad de su toreo. Nunca volvió
a ver un toro suyo de regreso a los corrales, por el contrario, generalmente
los veía caer muy rápido.
En Colombia, Enrique Calvo “El Cali” tuvo destacadas actuaciones en todas las plazas, pero sin duda Manizales, Cali y Bogotá, fueron testigos de las mejores faenas de su historia. A pesar que cuando toreaba en su ciudad la afición lo trataba con dureza, El Cali se llevó el trofeo Señor de los Cristales en su primera temporada en Cañaveralejo, la de 1975-1976. Cortó dos orejas el día de su debut, cuando actuó con Jorge Herrera en mano a mano, repitió triunfo al cortar tres orejas y cerró su apoteósica feria el 2 de enero cuando cortó cuatro orejas e indultó al toro “Calimeño” de Fuentelapeña. Manizales se rindió al toreo de El Cali cada vez que hizo el paseíllo en la monumental. Debutó en la feria de 1975 y gracias a la faena que interpretó el 11 de enero a un toro de Clara Sierra, el cual desorejó, se llevó la catedral de Manizales como triunfador de la feria. En 1977 se llevó el trofeo a la mejor faena de la feria de Manizales, trofeo concedido por el diario La Patria. Mientras que en 1990, la temporada de su adiós, a punto estuvo de llevarse el trofeo pues su faena del 6 de enero al toro “Buena suerte”de Ernesto Gutiérrrez, rivalizó con las de Jairo Antonio Castro, que a la postre se llevó el trofeo oficial. Sin embargo se llevó el trofeo a la mejor faena.
Tras la senda iniciada por Pepe Cáceres en la provincia colombiana, El Cali, cansado de la escasez de contratos en España, convence a su amigo César Rincón para torear en Colombia y afrontar cada tarde con suma responsabilidad. Por eso, en 1985 El Cali y Rincón empezaran a verse anunciados en muchas plazas de provincia y su bagaje se transformó en la ideal preparación para afrontar las corridas en las principales plazas del país. Y esos años, los últimos de la década de los 80, El Cali perfeccionó su tauromaquia y cosechó triunfos importantísimos, quizás los mejores de su carrera. El Cali fue un torero que dentro y fuera de los ruedos luchó por la dignidad del toreo colombiano y la reivindicación de los toreros colombianos en España. Muchas veces se puso en contra de los empresarios colombianos de entonces, pues por ser presidente de la Undetoc, empezó a ser visto como una piedra en el zapato. Por eso, cuando disfrutaba su mejor momento decidió despedirse de los ruedos en la temporada de 1990.
El Cali estuvo en los años más
importantes de la escuela, donde consiguió sacar una gran camada
de matadores de toros y subalternos, que hoy por hoy, protagonizan los
carteles de las principales ferias. Enrique ha sido un hombre dedicado
al toro y por eso disfruta del cariño y el reconocimiento que
el mundo taurino le profesa. Pero por siempre quedará la espina
de haber alcanzado la gloria definitiva, pues si hubiese tenido la misma
dosis de ambición que de arte, hubiese sido figura del toreo
mundial. El Cali fue un torero que se quedó a un paso de la gloria.
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