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LA INMORTALIDAD DE IGNACIO

 

 

“No sé si Ignacio fue mejor o peor torero de lo que magistralmente lo han descrito tantos y tantas figuras de las letras, pero de lo que si estoy seguro es que él como nadie captó la atención de todos en cuantos dejó su recuerdo para construir su inmortalidad sin saberlo.

Barcelona 05 de Junio del 2010

 

 

Decía Ignacio Sánchez Mejías al anunciar su regreso al toreo en 1934, “Vuelvo a los toros por que ha llegado la hora de la formalidad. Desde que tenía nueve no hago más que locuras: obedecer a mis padres, estudiar, preocuparme por el porvenir, crear afectos, administrar cuidadosamente el dinero ganado, cultivar el campo… todo llega, y a mí me ha llegado la hora de ser razonable y sensato. Es amargo, pero inevitable. A mis años hay que tener formalidad. Por eso vuelvo al ejercicio de mi profesión”. 

Aquel año de 1934, no solo Sánchez Mejías volvía a los toros sino que lo hacía su cuñado Rafael “El Gallo” y el Pasmo Juan Belmonte, como si buscaran restaurar la edad de oro del toreo en una edad en que empezaba a mandar Domingo Ortega. 

Los tres volvían por motivos muy diferentes. Rafael con sus cosas, no cabe duda que su reencuentro con el toreo era por cuestiones netamente económicas. En cambio Ignacio me puedo imaginar que era por la falta del aplauso del toreo. Aplauso que había cambiado por el de las tablas de los teatros durante diez años. Sin duda en Ignacio, quedaba la carrera incompleta al estar para el grueso público tras la huella de Joselito, buscaba ser la figura que cada uno de sus amigos intelectuales lo eran en su campo, pero sabía que contaba con la admiración de cada uno de ellos. 

Y Juan; que podía pensar Juan Belmonte para volver al toreo, que buscaba el Pasmo, seguramente no pretendía conseguir la gloria en su profesión pero se puede presumir que quería perpetuar su leyenda que sin imaginarlo ya lo había conseguido. Juan Belmonte era ya un mito en activo, con sus normas inmortalizó su tauromaquia y con estas el torero.

Rafael incombustible, genial e inmortal, Juan inmortal en activo y vivo hasta que falleció a los 70 años, dueño de su propio destino, como supo explicarlo Chávez Nogales; e Ignacio inmortal contradictoriamente una vez fallecido cuando Federico García Lorca escribió su llorado llanto. Poco antes de reaparecer, Federico decía tras enterarse de la noticia “Ignacio acaba de anunciarme su propia muerte: vuelve a torear” y no se equivocó al ser el único de los tres toreros en encontrar la muerte en dicha temporada.

La muerte puso huevos en la herida

A las cinco de la tarde

A las cinco de la tarde.

A las cinco en punto de la tarde.” 

La inmortalidad de Sánchez Mejías puede ser la que él buscaba en vida, por que perdura la imagen de figura del toreo moldeada por poetas. Fueron muchos los que escribieron sobre el mártir de Manzanares, pero sin duda Federico encabezó los carteles. Decía un supuesto amor platónico de Ignacio, la escritora francesa Marcelle Auclair: “Lorca  admiraba en Sánchez Mejías al hombre capaz de hacer de su vida un duelo leal, pero loco, con el amor y la muerte, una fiesta gigantesca”. Pero será que el poeta dudaba de inmortalizar al torero cuando dice: 

No te conoce ni el toro ni la higuera,

Ni caballos ni hormigas de tu casa.

No te conoce el niño ni la tarde

Porque te has muerto para siempre”.

 Una vez pasó la tarde de agosto en que Ignacio por falta de los recursos que siempre lo caracterizaron no pudo birlar a la muerte cuando sentado en el estribo, mas por cansancio que por ingenio. A Juan Belmonte le pasaron mil cosas inexplicables por la cabeza. Restaurando los valores de la tauromaquia, exponiendo más que los demás buscando la razón a sus teorías, con las plantas de los pies en la tierra veía como se fue primero Joselito y ahora Ignacio. No tenía sentido el valor pero cobraba fuerza la suerte; es donde se enrumba la decisión que toma a los 70 años.

 Pero ni Federico García Lorca, ni Rafael Alberti fueron espectadores en la tarde de Manzanares. Ignacio viajó con José Bergamín que magistralmente narró las cuarenta horas de agonía de su amigo. “Que largo y perezoso el andar del tiempo en aquellas horas de tan lenta y perezosa muerte”. Más adelante continúa, “La muerte callada. La muerte se esconde y la muerte se calla. Sobre todo si es (perezosa y larga), si es un tránsito mortal de agonía.”

No sé si Ignacio fue mejor o peor torero de lo que magistralmente lo han descrito tantos y tantas figuras de las letras, pero de lo que si estoy seguro es que él como nadie captó la atención de todos en cuantos dejó su recuerdo para construir su inmortalidad sin saberlo.