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Reportaje en el campo

EL PASO CRUCIAL DE CÉSAR MANOTAS

 

Texto y fotos
Rodrigo Urrego Bautista
Locación: ganaderías Guachicono e Icuasuco

 

Nacido en Cartagena, y heredero de la afición de su padre, César Manotas será uno de los dos toreros que colombianos que tomarán la alternativa en la feria de Cali. Sueña con ser figura en los ruedos colombianos y lo obsesiona compartir cartel con sui máximo ídolo ‘El Juli’. Desde el campo, esta es la historia de un torero que ha luchado por hacerse matador de toros

 

 

Cuando el 31 de diciembre Paco Perlaza le ceda la muerte de un toro de Salento, César Manotas se convertirá en el matador de toros número 157 de la historia de Colombia.  Pero Manotas no es un número más. Y ese día, en el ruedo de Cañaveralejo, una larga historia de afición de dos generaciones de una familia cartagenera, cumplirá un sueño que se vislumbraba imposible.

Meses antes de su primer paseíllo como matador de toros, muchas imágenes pasen por la mente de César. Sacrificios y recompensas; triunfos y fracasos. Todos ellos que guarda en silencio, pues en silencio y con la atención de pocos, es como suelen forjarse los novilleros en Colombia.

Hace 22 años, en el número 7 – 45 de la Calle de la Moneda, en pleno barrio San Diego de Cartagena, nació el primero de los hijos de Augusto Manotas, un cartagenero que vivía en busca del sueño de ser torero.

En esa casa, a tan solo cuatro cuadras de la plaza de toros la Serrezuela, fue donde César empezó a familiarizarse con el toreo. En principio, por la curiosidad de acompañar a su padre, que entrenaba en el abandonado ruedo de esa joya de madera y que hoy, abandonada, se ha convertido en el patio trasero de un supermercado de la ciudad.

 

 

El Gino, El Rubio de San Diego y Curro Guzmán eran los compañeros de entreno de Augusto, el único del grupo que no alcanzó a tomar la alternativa. Por eso cuando César le leyó el cartel de su alternativa, Augusto no pudo hablar por la emoción. “Nunca pensó que yo me hiciera matador de toros en plena feria de Cali”.

Aunque César, cuando reciba los trastos que le cederá Perlaza, apenas comenzará su carrera, ya completará casi una década delante de vacas y novillos. Una historia que empezó cuando tenía 10 años en la finca del ‘Zorro de Toledo’, un matador español que decidió sembrar sus raíces en Cartagena.

Fue en una fiesta privada en la que echaron al ruedo un par de becerras. César, que no sabía coger los trastos, pero que veía con atención los entrenamientos de los otros toreros de Cartagena, decidió lanzarse a la arena. Su padre se lo impidió. Pero finalmente se puso delante. 

“Sólo oía muchas voces que aconsejaban qué debía hacer. Pero no me acuerdo qué decían”. César vio que la vaca se arrancó y consiguió engañarla con un capote que no sabía manejar. En la segunda embestida, la becerra ya no hizo caso al capote, y el pequeño César salió por el aire. Pero como los mejores boxeadores de su tierra, en lugar de evadir el riesgo, se levantó, y quizás por orgullo, volvió a dar la cara. Hasta cuatro volteretas se repitieron.

César se sintió torero. Pero solo los minutos que duró el trayecto de regreso a su casa. Allí encontró el castigo de su mamá.

Fue la primera vez que César sintió miedo. Aunque ya había pasado sustos cuando vio a su padre torear en Guadalupe (Santander) y San Jacinto (Bolívar). Pero ese temor no lo intimidó y cuando cumplió 14 años tomó la decisión que lo tiene a las puertas de la alternativa.

VIAJE SIN REGRESO

El Rubio de San Diego fue quien lo orientó para llegar a la Escuela de Cali. “Me dijo con quién tenía que hablar, a quién debía buscar, y antes de irme para Cali, me regaló un capote y una muleta”. Ese viaje no fue sencillo. Hubo que convencer a su madre que le impedía salir si quiera a la esquina de la casa. “Yo me voy. Lo tenía decidido. Le dije a mi mamá que con o sin su ayuda, pero que me iba a Cali”. Al final hubo comprensión.

César ya estaba infectado por el virus del toreo. Más aún cuando vio, más o menos en el año 92,  a César Rincón en Cartagena. Su abuela fue quien lo llevó. Y desde ahí quedó cautivado por la forma como miles de personas aclamaban a un torero.

En el viaje a Cali se preguntaba muchas cosas. Pero quizás la que más lo invadía era si podía ser capaz de llegar, algún día, a ser tan aclamado por un público. También pensaba qué iba a decir en la entrevista de admisión. Por su cabeza no había la posibilidad de un viaje de regreso.

Cuando llegó a la escuela, otros dos jóvenes como él esperaban la entrevista. Santiago Naranjo y José Arcila. Fueron sus primeros amigos, y sobre todo Arcila, se convirtió casi que en su hermano. “Hemos recorrido juntos este camino. Nos hicimos muy amigos, fuera del ruedo, porque en la plaza, en cada entrenamiento, en cada tentadero, o en cada novillada nos arreábamos mucho. Quería que a José le fuera bien, pero que a mi me fuera mejor”, dice Manotas.

Hace tres años, cuando precisamente Manotas, Naranjo y Arcila toreaban una novillada preferia de Guachicono, César quiso imponerse a sus compañeros. “Tenía que hacer algo distinto”. Así que días antes mandó hacer seis pares de banderillas porque, recuerda, “les quería pegar el repaso”. Pero el día de la novillada, Manotas vio que sus intenciones eran similares. Los tres llegaron con las cajas de las banderillas. Los tres iban a banderillear, algo que solo habían hecho en entrenamientos o cursos prácticos, pero nunca en público.

“Sabía que iba a ser una guerra. Pues aquí tenían con quien pelear. Pero salió el primer novillo de Guachicono. Era grandísimo y ninguno se atrevió a coger las banderillas. Las mandamos a hacer y ahí se quedaron. Nos rajamos”, recuerda César.

A pesar de tener las comodidades y oportunidades de la Escuela de Cali, Manotas no se conformó con aprovecharlas. Quería tomar la alternativa primero que sus dos amigos. Era parte de esa rivalidad. Y por eso se ofrecía a matar novillos en ferias de pueblos y veredas, y así conoció lugares que incluso no pensaba que existían.

El que más recuerda, San Vicente del Caguán. Lo hizo con algo de temor. Era un sitio que cuando se menciona, se asocia con las Farc. Fue en agosto pasado. Cuando días antes su padre lo llamó y le dijo que la guerrilla había hecho un atentado. Las noticias hablaban de muertos y heridos. Pero él ya había dado la palabra, y tras casi ocho horas de viaje, por tierra, apareció vestido de luces en la antigua zona de distensión.

Uno a uno van fluyendo los recuerdos. A César le gusta hablar de toros, y lo hace con propiedad. No se cansa de hablar y confesar su admiración por ‘El Juli’, a quien considera su máximo ídolo. “Es un torerazo”, dice mientras se para de la silla y dibuja en el aire un muletazo interpretado por el torero madrileño. “Voy a tomar la alternativa, que aún no me lo creo. Pero se cumplirá mi sueño y quizás el que siempre tuvo mi papá. Quiero ser figura en Colombia, pero después de la alternativa,  lo que quiero es torear con El Juli. Ojalá sea en Cartagena”. Esta historia apenas comienza.