Sogamoso, segunda de feria
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La triunfal salida a hombros de Sebastián Vargas y El Capea fue el epílogo de una feria que tuvo que sobreponerse a un serio inconveniente: la presencia de público, que no llenó las expectativas. Pero lo que pasa en el ruedo, trascendió más que los claros de los tendidos. Porque la terna de toreros de la última de feria protagonizaron un espectáculo superior, y pusieron lo que a los toros de Juan Bernardo Caicedo les faltó: finales. El encierro, bien presentado, y algunos como primero, segundo, y sobre todo sexto, lucieron un trapío más propio de plaza de primera categoría. Pero en general, los toros tuvieron buenos inicios, pero finales poco esperados. Del encierro, el único que mantuvo su nivel, de principio a fin, fue el segundo, primero del lote del debutante español Pedro Gutiérrez Lorenzo ‘El Capea’. Fue un toro serio, noble y codicioso, con que el español continuó una especial racha de triunfos en tierras americanas, en esa especie de exilio para conquistar las ferias de su tierra. El Capea lució seguro con el capote. Aunque su toreo de muleta fue el que tuvo mayor expresividad. Claves de su triunfo, el limpio y adecuado comienzo, doblándose con el toro, para ahormar más la embestida que siempre tuvo calidad.
El toreo en redondo fue mejor cuando el salmantino condujo la embestida del pitón izquierdo. Porque los muletazos parecían cobrar dimensión de la mitad para adelante. Y el toro respondió con recorrido, y persiguiendo con temple natural la muleta de El Capea. La faena además tuvo transmisión, y un final emotivo en el que el torero redujo distancias y adornó su trasteo con alardes y desplantes, los cuales merecía la faena. Las dos orejas fueron pedidas por aclamación popular, tras una efectiva estocada. El quinto, segundo de su lote, uno de los cuatro jaboneros que asomaron por los toriles, tenía unas preciosas hechuras, muy alentadoras. Y en sus embestidas se advertía calidad, pero no hubo el fondo necesario para que el toro respondiera. Los muletazos fueron sueltos y espaciados, y el torero optó por arriesgar en terrenos comprometidos en busca de embestidas más emotivas, las cuales nunca llegaron. El lote de Sebastián Vargas, dos toros jaboneros, fue muy complejo. El primero no tenía clase aunque si movilidad. La lidia trascurrió en los intentos del torero por dominar y en la molestia que parecía tener el toro cuando le plantaban cara. Hubo mérito en la faena, y un volapié estupendo que motivó al público para pedir el premio de la oreja. El cuarto parecía tener defectos visuales, o por lo menos, eso se advirtió en los primeros tercios, donde también embestía sin recorrido y con poca vibración. Pero en la muleta, y en contados instantes, el toro se salió del molde y embistió con pausa. La clave de Sebastián fue aprovechar esos momentos. Sobre todo dos tandas en redondo donde el torero dejó entrever la capacidad de su muleta. La oreja fue más que justa. Juan Solanilla, también debutante, tuvo una tarde de cara y cruz. En el primero de su lote, otro toro jabonero al que le faltó calidad, el bogotano intentó superar la violencia de las embestidas. No era fácil encontrar el éxito. Pero lo mejor de su toreo lo expuso con el muy serio negro que cerró plaza. Un toro de trapío y dimensiones de plaza de primera al que saludó con un bonito juego de verónicas con una rodilla en tierra. Los faroles del quite sirvieron para encender las emociones. Con la muleta, el toro tenía, quizás, las mejores intenciones de todo el encierro, pero su falta de raza lo condujo rápidamente al refugio de los tableros. Solanilla empezó su faena con un espectacular cambiado en el que ofreció la muleta plegada, a manera de cartucho, y cuando el toro entraba a jurisdicción giró su cuerpo y asomó la muleta por el envés para dar un muletazo por alto. Antes de que el toro fuera a su refugio, interpretó dos tandas de mucha calidad. En las tablas, Solanilla expuso firmeza y pisó terrenos comprometidos. Quizás su pecado fue intentar sacar más agua de un pozo que ya había agotado. Por eso el toro puso más de una complicación a la hora de entrar a matar, y el correr del cronómetro de la presidencia no fue aliado de la calma. Sonaron tres avisos, pero el público agradeció al torero que fue obligado a dar una vuelta al ruedo. FICHA Sogamoso, plaza de toros La pradera Se lidiaron seis toros de Juan Bernardo Caicedo, muy bien presentados, pero de juego desigual. El mejor fue el lidiado en segundo lugar. Pesos: 490, 470, 460, 470, 450, 500 Kilos. SEBASTIÁN VARGAS (obispo y oro): una oreja y una oreja
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