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CASTELLA, POR DESCUBRIR
Sebastián Castella ya entró en la historia. Por triunfos y número de actuaciones en casi diez años de alternativa, nadie le quita el privilegio de ser el mejor torero francés de todos los tiempos.
Se forjó entre Beziers, Sevilla y Cali. Desde el año 2001 se ha hecho habitual en las principales ferias colombianas. Conoce de sobra sus plazas, su gente. Tiene amigos y negocios. Y lo más importante, una familia. Su esposa y su hija son colombianas, y el torero también exhibe orgulloso la doble nacionalidad.
Pero si Castella es muy conocido en Cali, Manizales y Medellín, Bogotá, aunque ya lo ha visto, el francés puede seguir siendo novedad.
La Santamaría siempre fue la plaza que más se le ha resistido en Colombia. Un dato estadístico puede ser un fiel indicador: en diez años de alternativa, Sebastián solo ha hecho cuatro paseíllos, y dos de ellos, como enmienda en el cartel original.
Sí. Sebastián Castella tenía todo el país a sus pies. Pero la Santamaría era muy escéptica. No había forma para conmover a ese público frío y serio, que aguarda con unos silencios que parecen témpanos de hielo y que sólo se rompen de forma extraordinaria.
Sebastián no encontraba la forma para ese deshielo. Y aunque consiguió abrir la puerta grande el 13 de febrero de 2005, esas dos orejas no tuvieron el mismo efecto que en otras plazas.
Por eso, cuando se produjera el regreso, Castella sabía que tenía que hacer más de la cuenta para que la Santamaría cediera. Pasaron tres años y su nombre no encontraba espacio en los carteles. El espacio se abrió cuando la agenda de su apoderado no lo tenía planeado. Una sustitución de última hora hizo posible el reencuentro.
Y la Santamaría ya conocía el valor seco del francés. Pero a todas luces no era suficiente. No había que renunciar a ello, pero era indispensable un plus añadido. Sebastián empezó a encontrarlo en su capote, con las imponentes y suaves verónicas con que saludó a ‘Pianista’ de Achury Viejo, el único toro que salvó la cita anual de aquel hierro legendario. Y llegó lo extraordinario. Quizás Sebastián recordará todavía aquella seria de naturales, con la muleta por los suelos y el brazo hasta bien atrás, que se hicieron interminables y que ni siquiera pudieron ser contenidos por el viento que soplaba. Castella mandó, sobre un toro bravo y sobre la resistencia de los escépticos. El francés, así, clavaba su bandera en el dorado ruedo de la Santamaría, que finalmente se entregó. La prueba, en el sexto toro que se resistía a quedarse en la muleta, Sebastián no renunció pese a tener en sus manos las llaves de la puerta grande. Lo hizo de la misma forma que siempre se le conoció. Con pasión y entrega. Solo así recaudó las cuatro orejas, con las que la salida a hombros no tenían discusión, pero tenían un significado, Bogotá era su nueva conquista, pero a diferencia que el resto de Colombia, esta historia apenas comienza.
La pasada temporada había quedado pactado el regreso del francés, pero el percance que sufrió en Medellín lo impidió. Por eso, en 2012, su presencia es una de las cartas principales.
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