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Dos caras de una reconquista
Por Rodrigo Urrego
Pablo Hermoso de Mendoza volvía la Santamaría un año después de su triunfo histórico, cuatro orejas y rabo incluido. Y consiguió cortar dos orejas, esta vez en una faena que también rayó los límites de la perfección.
Fue en el tercero de la tarde, ante un toro que si bien en principio pareció renunciar tras el castigo, en los tercios posteriores entregó su casta y persiguió con codicia. Hermoso de Mendoza decidió que Ícaro sería la figura. Porque con este caballo se encunó entre los pitones del toro, los cuales parecían inferir cornadas pero que el torero y su caballo supieron aguantar en suertes imposibles.
Y Pirata puso el colofón de ese capítulo tan intenso por la calidad del toreo del navarro. Porque se arrimó tanto que le permitió a Pablo Hermoso jugar con las embestidas del toro, a tal punto de besar la frente del colaborador toro, en una suerte que puso la plaza boca abajo.
El sexto fue un toro noble que se vino a menos y al que le faltó transmisión. Con este, la figura fue Chenel. Porque consiguió templar al toro al hilo de las tablas y cambiar de recorrido en un recorte muy emocionante. Con Dalí, el rejoneador levantó los tendidos con dos piruetas en la cara del toro. Pero no hubo acierto con los rejones de muerte y el frenesí se redujo.
Y en tarde de reconquistas, Bolívar también tenía su capítulo especial. Porque llegó a Bogotá con la idea de demostrar a la afición más exigente del país que su toreo deambula por dimensiones superiores.
Pero la afición lo esperó con prevención. Y eso se notó en su primero, un manso sin opciones. Allí se oyeron las primeras protestas.
Con el cuarto, el de mayor calidad de la corrida, Bolívar que apostó por elevar su toreo, y cuajar por completo al toro, pero el animal, pese a sus virtudes, no pudo aguantar el sometimiento del torero.
Luis se fue a los medios y se dejó venir el toro a larga distancia. Y ahí empezó a ligar series contundentes, por la templanza y por el trazo poderoso. La gente se había entregado. Y cuando parecía que lo iba a bordar con la muleta en la mano izquierda, el toro no respondió. La faena bajó su intensidad, y ahí aprovecharon algunos para ponerse a favor del toro, de forma equivocada.
Esas voces aisladas parecieron caerle a Bolívar como pesadas losas. Y en los medios de la plaza quiso acallarlas. Se perfiló con la espada, arrojó su muleta, y a cuerpo limpio intentó clavar el acero en todo lo alto. Necesito dos intentos, de esa misma forma. Jugándose la vida. El público se dividió. Los más reacios lo consideraron un agravio. Los más sensibles pedían con acierto las dos orejas. Solo concedieron una, en la tarde en que Bolívar estuvo dispuesto a morir a cambio de la puerta grande.
David Mora confirmó su alternativa en Bogotá, y lo hizo con dos toros a los que les faltó fuerza. El primero, pese a ese defecto, tenía gran calidad. El torero se vio obligado a ponerse cerca y aprovechar esa condición. Y consiguió una serie de naturales de extraordinario trazo. Eso le valió una oreja.
El quinto era un auténtico inválido y poco le permitió al torero que tuvo que abreviar. Mora intentó regalar un séptimo toro, pero pronto entró en razón que no tiene historia en la Santamaría para permitirse esos privilegios, y el público le recordó que fue suficiente verlo con lo que le salió en toriles.
FICHA DEL FESTEJO. Cuatro toros de Agualuna, bien presentados y de juego desigual. Noble aunque sin fuerza el primero, inválido el quinto, de más a menos el cuarto, y el segundo manso y complicado. El tercero fue bravo y el sexto noble pero sin codicia.
Luis Bolívar: dos pinchazos y estocada (silencio), pinchazo y estocada a cuerpo limpio (una oreja).
David Mora: estocada trasera (una oreja) y estocada (silencio)
Pablo Hermoso de Mendoza: rejón (dos orejas) y tres rejones, dos descabellos (silencio tras aviso) |