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EN EL LUGAR DE LOS SUEÑOS
Por
Rodrigo Urrego B.
Fotos
Mario Franco y Diego Caballero |
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Al estadio del Manchester United de Inglaterra lo llaman el ‘Teatro de los sueños’. Este 21 de febrero la Santamaría fue más que eso. El lugar donde se encuentran todos los sueños. Pocos escenarios en el mundo tendrán el lujo de contar lo que vivió la plaza de toros de Bogotá. Una tarde para la historia.
Para la historia de una plaza que va a cumplir 80 años la faena, la escultura, la obra magnánima que José María Manzanares sacó de su alma y su espíritu. Y la desplegó ante un extraordinario toro de Las ventas del Espíritu Santo que salió en tercer lugar.
El día que se recopilen los capítulos dorados de esta plaza, uno de ellos tendrá que decir que, a las 4:45 de la tarde, de la sexta corrida del 2010, los relojes se detuvieron. Fue el momento preciso en que Manzanares empezó su obra. Con muleta como cincel, y con mano izquierda y derecha como pincel. El torero cuajó la faena de la temporada. O lo que es mejor, la faena de muchas temporadas.
Tuvo un toro nobilísimo. Muy bravo y colaborador. Que supo que la muleta del alicantino era la caricia que había buscado en toda su vida, y por eso se dejó seducir. Manzanares, tras un prólogo en las tablas, se lo llevó a los medios. Tomó prudente distancia, y lo que vino a continuación no tiene descripción, con palabras, sólo se podría entender con los rostros y los ojos al borde de las lágrimas, y los bellos de la piel de punta, que tenían las 14 mil personas que llenaron la plaza.
Será muy difícil que se pueda torear tan lento, tan despacio. Con tanta largura y con tanta profundidad. Con tanta estética, con tanto arte. Las series por la derecha tuvieron más que templanza. La gente vivió la faena siempre de pie, y pareció enloquecer, después de tantos muletazos interminables, con un redondo invertido que el toro convirtió en natural inacabable. El toro siempre esperó en los medios. Y en ese lugar llegó una estocada cumbre. Faena de dos orejas y rabo. Pero sólo asomaron dos pañuelos blancos, y el azul para premiar al toro con la vuelta al ruedo. El reloj, después de haberse detenido, volvió a caminar como de costumbre.
José Tomás había encendido la llama de la pasión en el tercero. Una faena larga, de mucha pureza y mucha verdad. Que quizás, quedó empañada por sus fallos con el acero.
Todo quedaba en el quinto. Un toro de estupenda condición, pero con pocas virtudes físicas que hacían imposible cualquier faena. Pero Tomás sacó, también de su alma, y de su orgullo, una faena a la que nadie apostaba. A base de colocación. Y muletazos de uno en uno, fue metiendo al público en la faena, y al toro en su muleta. Buscando siempre el pitón contrario, y ofreciendo su cuerpo, y apenas una puntita de muleta que asomaba delante de su vientre, convenció al toro, serio de presencia, que persiguió la muleta acariciando el pecho, la barriga, las piernas del torero.
Otro faenón para la historia. Y con suertes que, seguro, pocos le habían visto a José Tomás, como cambiarse al toro por la espalda, cuando lo había citado de frente, y al final le cambiaba la trayectoria. El reloj señalaba las 5 y 50 de la tarde cuando empezó su faena al quinto, la misma hora en que los corazones de la Santamaría se encogieron, para latir al límite de las pulsaciones. Dos orejas.
Pepe Manrique firmó el capítulo del oficio, de la técnica y del gusto. El gusto de ver a un torero colombiano en plan de catedrático. Por dos faenas de mucha cabeza, de esas de hacer lo que necesitaban los toros, y además de hacerlo con los rasgos estéticos que siempre han caracterizado a su toreo.
Su primero, muy noble, pero buscando las tablas. Pepe no lo agobió. Y por eso duró lo que duraron sus muletazos impecables. Un pinchazo privó al torero de cortar una oreja.
En el cuarto, otro toro de mucha calidad, pero que no podía apoyar sus manos y tenía molestias en sus pezuñas. Pero aguantó, también por la impecable lidia, no solo de Pepe, sino del subalterno Wilson Chaparro ‘El Piña’. Manrique lo cuajó por el pitón derecho. El pitón izquierdo no tenía la misma intensidad. Pero las series tuvieron fino trazo, y aromas de categoría. La estocada fue cumbre, la mejor de la tarde. Una oreja de mucho peso.
Y cerró la tarde un toro muy vibrante, con mucha transmisión. Con mucha raza, y lógicamente, con muchas complicaciones. Por pasajes violento, pero siempre con entrega y con emoción, no sólo en sus embestidas, también en sus galopadas.
Toro que propició momentos cumbres. Como el histórico y cumbre tercio de banderillas protagonizado por Curro Javier y Ricardo Santana. Porque los dos se jugaron la vida, por evitarle capotazos que no eran bien ejecutados. Y se la jugaron y clavaron en lo alto. Saludaron desde el tercio. Merecían hasta salir a hombros.
Y Manzanares, no solo se impuso a las complicaciones, sino que lo cuajó de principio a fin. Con mucha raza, del torero, y con una muleta poderosísima. Las peticiones de indulto fueron exageradas, y unos se privaron de disfrutar a Manzanares por querer inmortalizar a un toro, muy vibrante, pero que no tuvo todas las virtudes para merecer el perdón. Tarde histórica.
Ficha
Ficha de la corrida
Bogotá, plaza de toros de Santamaría
Domingo 21 de febrero de 2010
Última de abono
Lleno de ‘Agotadas las localidades’
Se lidiaron seis toros de Las Ventas del Espíritu Santo. Bien presentados. Noble y con transmisión el tercero, al que se le dio vuelta al ruedo. Bravo y encastado el sexto, también premiado con la vuelta al ruedo. Palmas al noble segundo. Con mucha calidad, pero sin fuerza, el cuarto. El primero, flojo. Al quinto hubo que apurarlo. Pesos: 477, 441, 492, 481, 530 y 494 kgrs.
Pepe Manrique (Tabaco y oro): Palmas y oreja
José Tomás (Tabaco y oro): Ovación tras aviso y dos orejas
José M. Manzanares (Tabaco y oro): Dos orejas y oreja
Estupenda brega de Wilson Chaparro ‘El Piña’ al cuarto. Histórico y cumbre tercio de banderillas a cargo de Curro Javier y Ricardo Santana al sexto.
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