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BOLÍVAR
CONQUISTA LA TIERRA PROMETIDA.
CRÓNICA
DE ZABALA DE LA SERNA (ABC)
Foto Juan Pelegrin las-ventas.com
Agonizaba
la tarde en tierra de nadie. Pero Luis Bolívar, que es torero con
patria pero sin tierra, sabía que de vacío no se podía
ir, que las tierras se conquistan por abruptas que sean: Las Ventas nunca
ha sido un monte de orégano en su carrera. Tocó a rebato
nada más pisó el ruedo el último tren —¡qué
amplio era de pitón a pitón y de pitón a rabo!—
como si fuese el último aliento por respirar, y se asentó
con el capote hasta una media verónica muy a la cadera. Rebañó
el toro en el lance con un derrote que levantó a Bolívar
los pies de la tierra prometida.
Duro batacazo, incruento por fortuna, con la fuerza de salida. Había
carbón para las calderas que encendían sus ojos de perdiz
y su piel colorada. El torero colombiano lo vio claro: todo o nada. En
la distancia larga lo citó, y aquello se le vino a galope tendido
con eso que se llama transmisión, que se multiplicó por
cinco en los redondos de muleta a rastras, cintura encajada y compás
abierto. La plaza cobró vida. Otra vez el mismo planteamiento en
la siguiente tanda. Idéntico número de muletazos ligados,
pero el remate varió del pase de pecho a un cambio de mano por
detrás para ofrecerle la izquierda. Y no se escapó: a mitad
de viaje el toro se desentendió de la muleta, que por ahí
las ideas revoloteaban como oscuros cuervos, y lo prendió por debajo
de la rodilla. Caló el pitón antes de lanzarlo sobre los
lomos con la potencia brutal del cuello. Bolívar se incorporó
herido y sangrante, se ató un torniquete y volvió a la guerra.
Poderosa la derecha en largos viajes; en los desenlaces el de Las Ramblas
se lo volvía a pensar y olisqueaba la presa.
En esas circunstancias todavía le buscó el imposible izquierdo,
con un par. Una trincherilla liberó la tensión. Y la estocada
caída, tirándose con la rectitud de los vencedores, la pañolada
y una oreja de ley que sabe a tierra conquistada. No concluyó la
vuelta al ruedo y pasó a la enfermería por su propio pie.
Bolívar había estado merodeando un tercero del Marqués
de Domecq —la corrida de Las Ramblas se remendó con tres
toros suyos— que embestía con saña a golpes de riñón.
Un metisaca lo templó...
Fandi midió en el capote y en el caballo a otro de Las Ramblas,
rematado de carnes, tocado arriba de pitones, alto de cruz. Parecía
que le iban a fallar las fuerzas y mosqueó que tras el primer puyazo
se refugiase en el burladero del «7»: «No le des».
En qué hora, ¡los pies que sacó ese toro! Tantos que
Fandila tuvo que tirar de todo el potencial de cuádriceps para
ganarle la cara. ¡Y qué arreones pegaba cuando sentía
los arponcillos! Como saben los que siguen estas páginas, El Fandi
y nos no compartimos el mismo concepto estético del toreo. Pero,
con éste, profesional y técnicamente el granadino estuvo
en gran profesional, tapando mucho al temperamental toro, que no era nada
fácil, ni fue nunca entregado. Para no perderle la cara. Las cosas
como son. Y como fueron luego: mató mal. Sin embargo, al quinto,
un armónico ser del Marqués lo despenó de un señor
espadazo. Atrás quedaron unas embestidas nobles de corta duración
y varias series, también una de hinojos, sin mayores glorias. Enardeció
con su atlético, más que puro, espectáculo rehiletero.
Juan Bautista abrió el cartel internacional con uno de Fernando
Domecq flojito que se dejó a media altura en un trasteo suave,
pulcro y anodino. Otra historia fue el feo cuarto de Las Ramblas. Bautista,
entre el sí y el no tras un par de tralleras coladas, optó
por la tierra de nadie.
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