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25 Años despuésde la tragedia en Colmenar Viejo
YIYO:DE PRÍNCIPE A HÉROE INMOLADO

 

Por Rodrigo Urrego Bautista
Fotos: Chapresto, Botan, Cano y Archivo

 

 

El 30 de agosto de 1985 la tragedia se asomó en el ruedo de Colmenar Viejo. Disfrazada en el pitón derecho del toro “Burlero” de Marcos Núñez, partió en dos el corazón de José Cubero “Yiyo” y cegó la vida y trayectoria del principal exponente de la primera generación de la Escuela de Madrid. Se cumplen 25 años de la muerte de Yiyo, un príncipe a quien el destino le impidió reinar.

 

 

A los 21 años muchos toreros empiezan a forjar los cimientos de su carrera, pero a tan temprana edad José Cubero “Yiyo” parecía consolidarse como figura del toreo y vivía los dulces momentos de una plenitud que acariciaba con su toreo. Ante sus ojos se vislumbraba un futuro fulgurante en el que el camino se trasformaba de la cima, que apenas acariciaba, a la maestría, tan difícil de conseguir con tan reducida edad.

 

Sin embargo, parece una “burla” del destino que “Burlero” se encargara de impedirlo al atravesarle el corazón y convertirlo en mito para los aficionados que apenas disfrutaron de él como ídolo.

 

 

 

 

 

EL PRÍNCIPE DEL TOREO

 

José Cubero Sánchez nació en la ciudad francesa de Burdeos donde su padre, banderillero retirado, había emigrado con su familia, aunque muy pronto volvieron a Madrid, y en el tradicional barrio Canillejas, Yiyo vio nacer su afición taurina. Su intención lo aupó a seguir los pasos de sus hermanos (Juan y Miguel) que habían ingresado a la Escuela Taurina de Madrid “Marcial Lalanda”. Con once años mató su primer becerro en público y comenzó su trayectoria de novillero, quizás la más esperanzadora que recuerden los aficionados de la capital, e hizo terna en muchos festejos con Lucio Sandín y Julián Maestro, que junto a Yiyo, fueron bautizados como “Los príncipes del toreo”.

 

En 1980 debutó con picadores en San Sebastián de los Reyes.

Su andadura por el toreo fue meteórica y fugaz aunque determinante. En 1980 debutó con picadores en San Sebastián de los Reyes y finalizó esa temporada como líder del escalafon inferior con 56 novilladas. Su mayor éxito fue conseguir el Zapato de Oro de la feria de Arnedo.

 

El 14 de mayo de 1981 salió a hombros de Las Ventas en la primera novillada de la feria de San Isidro de aquel año y su triunfo favoreció la alternativa, la cual recibió el 30 de junio en Burgos, cuando Angel Teruel, en presencia de Manzanares, le cedió la muerte del toro “Comadrejo” de Buendía.

 

Sus dos primeras temporadas de matador fueron duras ya que el reducido número de contratos impedían a Yiyo su progresión. Entrenaba con ilusión -a pesar de verse relegado por el sistema que gobierna los despachos taurinos-, especialmente en el tradicional frontón madrileño de El Olivar (situado en la carretera de Barajas) donde tuvo la fortuna de coincidir con Antoñete y Curro Vázquez, toreros que, con atención, escuchaba cada mañana hablar de toros y de quienes asimiló la esencia del toreo, la cual decidió defender a pesar de los obstáculos.

 

Confirmó alternativa en Madrid en la feria de San Isidro de 1982, el 27 de mayo, con Manzanares de padrino y Emilio Muñoz de testigo en una tarde que discurrió con poca fortuna para el madrileño. Sumó en total 36 festejos aquel año.

 

 

 

SAN ISIDRO DEL 83, TRES SUSTITUCIONES LO CATAPULTAN

 

Yiyo conquistó a Las Ventas en el año 83.

Yiyo hizo el paseíllo en Las Ventas el 3 de abril de 1983 en una tarde definitiva. Una buena actuación le abriría alguna posibilidad de verse anunciado en la feria de San Isidro. Sin embargo, su primer toro –con el hierro de Hermano Núñez- se fracturó la mano al poco de comenzar la faena, mientras que su segundo no tuvo un pase. Desfondado y derrotado volvió a la habitación del Hotel Alcalá donde el silencio y el único consuelo de su mozo de espadas Juan Bellido “Chocolate” eran insuficientes para levantarle el ánimo. Estaba fuera de San Isidro, la única carta que podía jugar.

 

Sin embargo, el destino volvió a sonreírle debido al infortunio de algunos de sus colegas. Por ejemplo, Roberto Domínguez debía actuar el 22 de mayo en Las Ventas pero días antes sufrió un accidente en moto. Así que Manolo Chopera llamó al apoderado Tomás Redondo indicándole que su poderdante sustituiría al vallisoletano.

 

La sustitución llegó para Yiyo en un momento en que la madurez alboreaba en su figura. No sólo como hombre, pues físicamente se había desarrollado, sino en forma de entender el toreo. Por entonces, intentaba torear muy despacio e interpretar las suertes con mayor profundidad, al mismo tiempo que buscaba descubrir a cada toro el sitio y la distancia adecuadas para someterlo y darle mayor hondura a su calidad y estética.

 

 

Por eso, aquel 22 de mayo, Yiyo conquistó a Las Ventas al cuajar al toro “Lanzaquema” de Antonio Ordóñez. Animal encastado con el que el madrileño pudo demostrar que en su interior había una figura del toreo, y al que pudo someter en una faena tan profunda y bella como poderosa. Cortó una oreja y se le pidió con fuerza la segunda. Aunque había recuperado su prestigio, la puerta grande lo impulsaría al sitio que de él se esperaba que ocupara inmediatamente después de su alternativa.

 

Vino entonces otra sustitución, la de Espartaco el 1 de junio. Tras una faena de empaque cortó la primera oreja a un toro noble de Alonso Moreno, y se ganó la puerta grande ante un violento y manso ejemplar de Bernardino Giménez al que también supo domeñar con elegancia y calidad. La plaza rugió y en la salida a hombros el público le despidió con los gritos de “torero, torero”.

 

48 horas después sustituyó a Paco Ojeda, esta vez alternando con Antoñete y Tomás Campuzano y cortó una oreja a un toro de El Viti. Las tres tardes triunfales fueron determinantes para que Yiyo arrasara con todos los trofeos de aquel San Isidro del 83 que terminó por catapultarlo, con apenas 19 años, a la cima del toreo.

 

 

1984:LA CONSOLIDACIÓN

 

Yiyo se abanderó del clasicismo y la pureza del toreo de su generación.

En una época en que la ligazón y la reducción de distancias de Paco Ojeda dominaban el toreo, Yiyo se abanderó del clasicismo y la pureza del toreo, dogmas que en José Cubero se reunieron como virtudes para mandar en el toreo y hacer contrapunto ético a las modas que invadían el toreo que iniciaba la época mediática que estallaría una década después.

Aunque no repitió los triunfos en Madrid, sí lo hizo, y con mucha fuerza, en Sevilla, Pamplona, Zaragoza y Dax en una temporada en la que reafirmó su temprana madurez y vitola de figura.

El destino quiso que Yiyo se enfrentara al toro “Avispado” en Pozoblanco cuando de su pitón aún emanaba la sangre que había dejado la pierna de Paquirri. A ese toro le cortaría las dos orejas.

 

 

 

Yiyo se presentó en Colombia durante las temporadas de 1984 y 1985 y lo hizo en Cali, Bogotá, Manizales, Medellín y Cartagena, siendo en esta última donde conquistó sus principales triunfos en Colombia, aunque en las demás tuvo destacadas faenas. Pero fue en “la heroica” en 1984, cuando cortó tres orejas el 8 de enero ante toros de El Aceituno y se llevó el trofeo al triunfador y a la mejor faena, trofeos entregados por la Alcaldía y la Peña El Clarín respectivamente.

 

 

LA ÚLTIMA SUSTITUCIÓN

 

En 1985 Yiyo realizaba la más completa de sus campañas. Se encontraba en la élite de las figuras de su tiempo, y como tal, sufría por la intransigencia de un sector de la afición de Las Ventas que le había impedido reconquistar los triunfos obtenidos un par de años atrás.

 

Mediada la temporada, Yiyo sumaba 42 corridas, el mejor balance estadístico de su vida, cuando el 30 de agosto aceptó sustituir a Curro Romero que había mandado parte facultativo, por lo que hizo el paseíllo en Colmenar Viejo junto a Antoñete y José Luis Palomar.

 

Tres sustituciones lo habían lanzado en 1983 y la de Colmenar permitió que Yiyo interpretara una de sus mejores faenas. Para muchos críticos, la que realizó al sexto de la tarde, “Burlero”, número 46, con 497 kilos de peso, perteneciente a la ganadería de Marcos Núñez, fue un compendio de su más esplendorosa tauromaquia. Lo mató de un soberbio espadazo, pero el diestro resbaló en el embroque. Burlero, sin hacer caso a los desesperados capotes que intentaban el quite, olió el cuerpo del torero, y enceguecido por la estocada, el pitón derecho prendió el cuerpo de Yiyo partiéndole el corazón de inmediato.

 

 

Cuando Burlero cayó en la arena y Yiyo era llevado al callejón, el torero sólo tuvo alientos para decir “me mató”. Sus ojos perdieron el rumbo y trataban de esconderse en sus párpados aún abiertos; en la enfermería, los médicos sólo pudieron certificar su muerte. Los instantes que sucedieron fueron dramáticos y espeluznantes. Los más fuertes profesionales allí presentes lloraron desesperadamente, e incluso, algunos convulsionaron. En menos de una año, una nueva y espantosa tragedia sacudía las entrañas de la Fiesta. España, aún no se reponía de la muerte de Paquirri, y la del joven al que muchos veían como el nuevo ídolo del país fue un drama superior.

 

Nadie sabrá si Yiyo hubiese sido la máxima figura de los 80 y se hubiese convertido en un maestro del toreo, pero sus condiciones avalaban este imaginario.

 

Lo que sí es cierto, es que la escalofriante muerte de José Cubero Sánchez devolvieron al mundo entero el respeto por los ídolos del ruedo, esos hombres cuyas actuaciones la afición y algunos periodistas cuestionaban con intransigente dureza y afán de protagonismo. Pero la afición volvió a tomar conciencia que los toros matan y los que en el ruedo visten el traje de luces lo primero que hacen es arriesgar la vida en busca de un triunfo.

 

Veinticinco años después de la tragedia de Yiyo, es necesario que la afición vuelva a tomar conciencia y tener presente la idea que en cualquier corrida la vida y la muerte se enfrentan de verdad y sin trampa. Aunque sea en memoria de aquellos toreros inmolados, el respeto al rito y a sus protagonistas debe sentirse más que nunca en los tendidos, sobre todo en que cualquiera se atribuye el derecho de atacar nuestra fiesta.

 

 

 

Referencias Bibliográficas:
AGUADO, Francisco. Figuras del siglo XX. Tomo 2. Ediciones El Cruce. Madrid, 2002
San Isidro 1947-1997. Especial 6 Toros 6. Madrid, mayo 1997.
SANTIAGO, Alfonso. Y el príncipe se hizo Rey. En revista 6 Toros 6 No. 464, 20 de mayo de 2003.
Revista Aplausos